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Sé que no estoy bien, pero no sé qué me pasa

Foto del escritor: Alfonso Jiménez
Alfonso Jiménez
30 sept
2 min de lectura

A veces no podemos ponerle nombre a lo que sentimos, pero eso no significa que debamos ignorarlo.


Hay momentos en los que algo cambia dentro de nosotros.


Seguimos trabajando, estudiando, cuidando nuestras responsabilidades y relacionándonos con los demás. Desde afuera quizá todo parece estar en orden. Sin embargo, por dentro aparece una sensación difícil de explicar.


Estamos más cansados. Nos cuesta concentrarnos. Ya no disfrutamos algunas cosas como antes. Estamos irritables, preocupados o simplemente sentimos que algo no está bien.


Y cuando alguien pregunta qué sucede, quizá solo podemos responder:


“No sé. Simplemente no me siento bien.”


No siempre sabemos qué nos pasa


Esperamos que para pedir ayuda primero tengamos que comprender exactamente lo que estamos viviendo. Pensamos que debemos saber si se trata de ansiedad, tristeza, estrés, duelo, agotamiento o algún otro problema.


Pero no siempre funciona así. En ocasiones, lo primero que podemos reconocer no es una explicación, sino un cambio:


“Ya no me siento como antes.”


Ese reconocimiento puede ser importante. No porque signifique necesariamente que exista un trastorno, sino porque nos invita a prestar atención a algo que merece ser escuchado.


El malestar también puede ser difícil de nombrar


No todas las experiencias emocionales llegan con una etiqueta clara.


Podemos sentirnos confundidos, desconectados, irritables o sin energía. Podemos tener dificultades para dormir o concentrarnos. Podemos perder interés en cosas que antes disfrutábamos.


A veces incluso tenemos todo lo que, en teoría, deberíamos agradecer y aun así sentimos malestar. Esto puede generar culpa:


“No tengo razones para sentirme así.”


Pero el sufrimiento no siempre aparece de una manera que podamos explicar inmediatamente. No necesitamos demostrar que nuestro malestar es suficientemente grave para tomarlo en serio.


Escucharnos antes de exigirnos respuestas


Tal vez una de las primeras preguntas no sea:


“¿Qué tengo?”


Sino:


  • “¿Qué ha estado pasando conmigo últimamente?”

  • ¿Qué cambió?

  • ¿Qué estoy sintiendo con mayor frecuencia?

  • ¿Cómo estoy durmiendo?

  • ¿Estoy disfrutando las cosas que antes disfrutaba?

  • ¿Estoy evitando personas o situaciones?

  • ¿Estoy llevando más tiempo del habitual sintiéndome así?


Estas preguntas no sustituyen una evaluación psicológica, pero pueden ayudarnos a comenzar a mirar aquello que quizá llevamos tiempo intentando ignorar.


Pedir ayuda también puede comenzar con un “no sé”


Acudir a un espacio de atención psicológica no requiere llegar con un diagnóstico ni con una explicación perfectamente elaborada. Podemos llegar diciendo:


“No sé exactamente qué me pasa, pero sé que no estoy bien.”


Y eso puede ser suficiente para comenzar.


No siempre necesitamos tener las respuestas antes de pedir ayuda. A veces, pedir ayuda es precisamente una manera de comenzar a encontrarlas.


Porque escuchar nuestro malestar no significa exagerarlo.Significa reconocer que algo en nosotros merece atención.


Si te interesa trabajar esto en un espacio terapéutico, puedes agendar una sesión aquí.



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