top of page

¿Y si por agradar a los demás empezamos a alejarnos de nosotros mismos?

Foto del escritor: Alfonso Jiménez
Alfonso Jiménez
23 sept
3 min de lectura

Adaptarnos a los demás es parte de la vida. El problema aparece cuando, para sentirnos aceptados, comenzamos a dejar de escucharnos.


Hay momentos en los que decir que sí resulta más sencillo que explicar por qué queremos decir que no.


Aceptamos un plan que no queremos. Evitamos expresar nuestro desacuerdo. Cambiamos de opinión para no generar conflicto. Nos esforzamos por ser agradables, comprensivos, disponibles y fáciles de tratar.


Pero algunas veces comenzamos a notar algo extraño: estamos llevando una vida en la que muchas de nuestras decisiones parecen estar hechas para que los demás estén bien, mientras nosotros cada vez sabemos menos qué queremos, qué necesitamos o incluso qué sentimos.


Agradar puede convertirse entonces en una forma de alejarnos de nosotros mismos.


Cuando decir que sí parece más seguro que decir que no


Somos seres sociales. Necesitamos vínculos, reconocimiento y pertenencia. En diferentes momentos de nuestra vida aprendemos a considerar las necesidades de los demás, a negociar, a ceder y a modificar algunas de nuestras conductas para convivir.


El problema aparece cuando la aceptación comienza a tener un precio demasiado alto.


Cuando sentimos que para conservar una relación tenemos que estar de acuerdo con todo.


Cuando creemos que expresar una necesidad puede provocar que alguien se vaya.


Cuando decir “no” nos produce una culpa desproporcionada.


En esas circunstancias, agradar deja de ser simplemente una manera de relacionarnos y puede convertirse en una estrategia para evitar el rechazo.


Decir que no puede sentirse como ser egoísta. Poner un límite puede confundirse con lastimar. Expresar desacuerdo puede vivirse como una amenaza para la relación.


El costo de estar siempre disponibles


Agradar a los demás puede tener consecuencias que no siempre reconocemos de inmediato.


Podemos comenzar a aceptar más responsabilidades de las que podemos sostener. A estar disponibles incluso cuando necesitamos descansar. A escuchar problemas cuando nosotros también estamos saturados. A evitar conversaciones necesarias porque tememos incomodar.


Desde fuera quizá parecemos personas generosas, responsables o muy consideradas. Por dentro, sin embargo, puede aparecer cansancio, frustración o resentimiento.


Podemos querer a una persona y, al mismo tiempo, decirle que no.


¿Cuánto de lo que haces realmente lo eliges?


Es preguntarnos cuánto de nuestra vida estamos eligiendo y cuánto estamos haciendo para evitar determinadas consecuencias emocionales.


Quizá aceptamos una reunión porque queremos asistir. Pero quizá también aceptamos porque tememos que alguien piense que ya no nos interesa.


Quizá ayudamos porque queremos hacerlo. Pero quizá otras veces ayudamos porque nos resulta insoportable sentir que alguien está decepcionado de nosotros.


La conducta puede ser exactamente la misma. Lo que cambia es la razón que existe detrás de ella.


Por eso puede ser útil detenernos antes de responder y preguntarnos:


¿Estoy diciendo que sí porque quiero o porque tengo miedo de decir que no?


Recuperar nuestra propia voz


Alejarnos de la necesidad permanente de agradar no significa dejar de preocuparnos por los demás. Significa recuperar un espacio interno desde el cual podamos escucharnos.


  • ¿Qué necesito?

  • ¿Qué quiero?

  • ¿Qué no quiero?

  • ¿Qué puedo ofrecer sin lastimarme?

  • ¿Qué límites necesito establecer?

  • ¿Qué relaciones me permiten expresar un desacuerdo sin sentir que estoy poniendo en riesgo todo el vínculo?


Son preguntas sencillas, pero no siempre tienen respuestas inmediatas.


No necesitamos caerle bien a todo el mundo


Una parte difícil de crecer emocionalmente consiste en aceptar que no podemos controlar completamente la manera en que otras personas nos perciben.


Podemos ser respetuosos y alguien puede molestarse. Podemos poner un límite razonable y alguien puede interpretarlo como rechazo.


Podemos expresar nuestra opinión con cuidado y alguien puede estar en desacuerdo. Podemos hacer nuestro mejor esfuerzo y aun así no satisfacer las expectativas de todos.


Esto puede resultar incómodo. Pero también puede ser liberador.


Porque cuando nuestra tranquilidad depende de que todos estén satisfechos con nosotros, entregamos una parte importante de nuestra vida a una condición que no podemos controlar.


Elegirnos no significa abandonar a los demás


Quizá el objetivo no sea aprender a decir “no” a todo.


Quizá tampoco sea dejar de preocuparnos por lo que los demás sienten.


Se trata de algo más equilibrado: poder estar para los demás sin dejar de estar para nosotros mismos.


Agradar puede formar parte de una relación saludable cuando nace de la libertad, del afecto o de la consideración. Se vuelve problemático cuando sentimos que necesitamos agradar para merecer amor, compañía, reconocimiento o pertenencia.


Porque entonces dejamos de relacionarnos desde lo que somos y comenzamos a relacionarnos desde lo que creemos que los demás necesitan que seamos.


Tal vez recuperar nuestra propia voz no consista en volvernos indiferentes a los demás.


Tal vez consista en algo mucho más sencillo y mucho más difícil: aprender a escuchar al otro sin dejar de escucharnos.


Si te interesa trabajar esto en un espacio terapéutico, puedes agendar una sesión aquí.



Comentarios


bottom of page