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Cuando reconocemos el daño que hicimos

Foto del escritor: Alfonso Jiménez
Alfonso Jiménez
16 sept
3 min de lectura

Asumir la responsabilidad no borra lo ocurrido, pero puede ser el comienzo de una reparación


A veces hablamos mucho de las heridas que otras personas nos han dejado, pero existe otra experiencia que puede resultar mucho más dura: descubrir que nosotros también hemos herido a alguien.


Reconocerlo no siempre es sencillo.


Podemos sentir culpa, vergüenza, tristeza o incluso deseos de justificar lo ocurrido. Pero tener una explicación para lo que hicimos no necesariamente elimina nuestra responsabilidad por sus consecuencias.


No siempre queremos reconocer el daño


Una de las formas más humanas de protegernos frente a la culpa es intentar reducir nuestra participación en aquello que ocurrió:


  • “Yo no quise hacerlo.”

  • “Lo dije porque estaba enojado.”

  • “Ella también me hizo cosas.”

  • “Él sabía cómo soy.”

  • “No pensé que le afectaría tanto.”

  • “Ya pasó.”


Estas frases pueden ayudarnos temporalmente a sentir menos incomodidad. Sin embargo, cuando se convierten en una manera permanente de evitar nuestra responsabilidad, también pueden impedirnos comprender lo ocurrido.


Hay una diferencia importante entre explicar una conducta y justificarla.


Comprender por qué hicimos algo puede ser necesario. Pero comprender nuestro comportamiento no significa negar el efecto que tuvo sobre otra persona. La responsabilidad comienza cuando dejamos de defendernos.



Podíamos no haber querido lastimar y, aun así, haberlo hecho.


Reconocerlo requiere tolerar una cierta incomodidad: aceptar que no siempre somos la persona que imaginamos ser y que nuestras acciones pueden tener consecuencias que no habíamos previsto.


Si toda nuestra atención queda concentrada en sentirnos mal por lo que hicimos, podemos terminar hablando más de nuestro sufrimiento que del daño que causamos.


La responsabilidad plantea una pregunta diferente:


“¿Qué hice y qué puedo hacer ahora con lo que ocurrió?”


Ya no se trata solamente de castigarnos por nuestro comportamiento, sino de comprenderlo, reconocer sus consecuencias y decidir qué haremos de aquí en adelante.


La responsabilidad puede incluir culpa, pero no necesita convertirse en una condena permanente de nosotros mismos. Pero pedir perdón no debería convertirse en una estrategia para dejar de sentirnos culpables.


Una disculpa no debería decir: “Perdóname para que yo pueda sentirme mejor.”


Puede decir, en cambio: “Reconozco que te hice daño. No quiero minimizarlo ni justificarlo. Lamento lo que hice y quiero hacerme responsable de las consecuencias.”


Hay una diferencia importante.


En la primera situación, buscamos que la otra persona nos quite una carga. En la segunda, aceptamos que la carga de nuestra responsabilidad nos corresponde.


Y esto también significa comprender algo doloroso: pedir perdón no garantiza ser perdonado.


La persona a la que hicimos daño puede necesitar tiempo. Puede no querer hablar. Puede no aceptar nuestras disculpas. Puede decidir tomar distancia o incluso terminar definitivamente la relación.


Aceptar esa posibilidad también forma parte de hacerse responsable.



Una disculpa no crea una deuda emocional.


La persona dañada no está obligada a perdonar, olvidar, confiar nuevamente ni reconstruir la relación. Aceptar una disculpa no debería convertirse en una obligación para quien sufrió el daño.


Hacernos responsables implica aceptar también los límites de lo que podemos reparar. No podemos decidir cómo la otra persona debe sentirse frente a lo que hicimos. Lo que sí podemos decidir es qué hacemos nosotros con aquello que ahora comprendemos.


Tal vez no podamos cambiar lo que hicimos, pero sí lo que hacemos después


Aquí hay algo importante: una relación saludable no es aquella en la que nadie se equivoca. Es también aquella en la que existe la posibilidad de reconocer el daño, hablar de él y asumir responsabilidades, ya que también podemos ser quienes hieren.


Aceptar esta posibilidad puede ser incómodo porque desafía la imagen que tenemos de nosotros mismos, pero reconocerla no significa convertirnos en malas personas. Significa aceptar algo más complejo y más humano:


podemos amar y hacer daño.

Podemos tener buenas intenciones y equivocarnos.

Podemos haber sido heridos y, aun así, herir a otros.

Podemos arrepentirnos y seguir siendo responsables.


La madurez no consiste en construir una imagen de nosotros mismos en la que nunca hacemos daño. Tal vez consista en desarrollar la capacidad de mirar aquello que hicimos cuando descubrimos que sí lo hicimos.


Sin negarlo.

Sin minimizarlo.


Si te interesa trabajar esto en un espacio terapéutico, puedes agendar una sesión aquí.



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