Aceptar duele, pero también libera
Hay verdades que nos duelen porque necesitamos tiempo para aprender a vivir con ellas.
A veces, una parte importante de nuestro sufrimiento no proviene únicamente de lo que hemos perdido, sino también de la lucha por conseguir que las cosas sean distintas. Nos aferramos a lo que pudo haber sido, a lo que esperábamos de alguien o a la posibilidad de recuperar aquello que ya cambió.
Aceptar estas realidades puede doler. Significa reconocer que no todo depende de nosotros, que hay situaciones que no podemos reparar y que algunas despedidas no tendrán el desenlace que deseábamos.
Sin embargo, aceptar no significa estar de acuerdo, resignarse ni dejar de sentir. Tampoco implica renunciar a transformar aquello que todavía puede cambiar. Aceptar es reconocer dónde estamos, incluso cuando no es el lugar en el que quisiéramos estar.
Y es ahí donde aparece una forma de libertad. Cuando dejamos de gastar toda nuestra energía en negar lo ocurrido, podemos comenzar a preguntarnos qué necesitamos, qué podemos hacer y cómo queremos continuar. El dolor quizá permanezca un tiempo, pero ya no tiene que acompañarse de una lucha constante contra la realidad.
No siempre podemos elegir lo que nos sucede, pero podemos aprender, poco a poco, a relacionarnos de otra manera con ello.
Quizá aceptar duela porque nos obliga a despedirnos de algo. Y quizá también nos libere porque nos permite dejar de esperar que el pasado sea diferente para comenzar a vivir nuestro presente.
Aceptar no borra lo que perdimos. Nos ayuda a descubrir que, incluso después de una pérdida, todavía hay vida por construir.
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